Toda mi vida he tenido mascotas, siempre perros. Cuando me hacían la típica pregunta de entre perros y gatos ¿cuál eliges? la respuesta siempre era la misma, porque no sabía lo que significaba tener a un minino como parte de tu familia. Los perros son unos animales maravillosos y el hecho de haber crecido con ellos a mi al rededor hizo que conociera lo que realmente es la lealtad y el amor incondicional. Un perro te sigue a donde vayas, cada vez que lo llamas viene, cuando llegas a casa después de haber pasado todo el día fuera, te hace una fiesta como si no te hubiese visto en días y todo esto se siente muy bien. Sin embargo, tener un gato es todo lo contrario pero en el buen sentido de la palabra. Un gatuno difícilmente irá si lo llamas y no es que no te entienda, él sabe que tú eres su dueño y que lo llamas por su nombre pero si a el no se le da la gana de ir pues no irá. Esto no quiere decir que los gatos no demuestren su cariño, ellos lo hacen pero cuando ellos deciden que es el momento indicado. Particularmente, yo nunca planeé tener un gato, mi primer bebé llegó a mi por cosas del destino. Una noche llegaba de estudiar, recuerdo que era muy tarde porque ya no había nadie en la calle. Al llegar a la puerta de mi casa demoré mucho en sacar mis llaves porque se habían enredado con mis audífonos, yo escuchaba un ruido a lo lejos pero no sabía de donde provenía o qué era. Al lograr sacar mis llaves, estas se me cayeron al suelo y cuando me agaché a recogerlas pude notar que había una pequeña bola de pelos debajo de un carro, estaba solito, muy sucio y temblando de frío, era tan pequeño que su maullido a penas y se sentía… tal vez eran sus primeros maullidos pensé. Me saqué la polera que tenía para envolverlo con ella, cabe recalcar que nunca en mi vida había cogido un gatito bebé, cuando lo levanté se movió tan rápido que pensé que se iba a escapar por miedo pero no, lo que quería y lo que necesitaba era el calor de su mamá por lo que buscó refugio en mi cuello, me quedé en shock porque no sabía qué hacer, en ese momento el bebé empezó a hacer un ruido que jamás había oído en mi vida: ronronear. Yo tenía el conocimiento de que los gatos ronronean cuando se sienten bien…felices. En ese momento, ya no tuve más dudas de qué hacer. Él entró a mi casa y nunca más salió de ella.
